La Catedral de Colonia alberga el Santuario de los Reyes Magos

Los Tres Reyes Magos, mosaico bizantino, c. 565, Basílica de San Apolinar Nuevo, Rávena, Italia. El arte bizantino suele representar a los Reyes Magos con vestimentas persas, que incluyen calzones, capas y gorros frigios.
Un relicario que, según la tradición, guarda los huesos de los Reyes Magos. Pero ¿cómo llegaron allí?
En el año 313, el emperador Constantino el Grande, que gobernaba el Imperio Romano, emitió el Edicto de Milán, una declaración que legalizaba el cristianismo en toda la Res publica Romana. Muchos ciudadanos renunciaron a los dioses de la antigüedad y abrazaron la nueva fe. Entre ellos se encontraba Helena, la madre del emperador, quien se dedicó a buscar lugares y objetos que tuvieran algo que ver con Jesús de Nazaret.
Un monje carmelita -Johannes von Hildesheim- escribió una leyenda sobre lo que les sucedió a los tres Reyes Magos después de su aparición bíblica. Pero antes de sus escritos, alrededor del año 500, los nombres Gaspar, Melchor y Baltasar ya habían aparecido por primera vez, junto con una interpretación de su papel en la historia. Según la Iglesia Católica, cada uno representaba uno de los continentes conocidos—África, Asia y Europa— y simbolizaban la idea de que el mundo entero adoraría a Jesús.
Durante la búsqueda de vetigios, se dice que encontró la tumba de los Reyes Magos. Estas reliquias eran lo suficientemente valiosas como para que la madre del emperador las llevara a Constantinopla (hoy Estambul). Pero Helena no pudo disfrutar de su hallazgo por mucho tiempo: el emperador se las entregó al obispo milanés Eustorgio, quien las incrustó en un sarcófago de mármol que mandó transportar a Italia en una carreta de bueyes. Al final del arduo viaje de casi 2.000 kilómetros hasta Milán, se dice que los exhaustos animales se desplomaron justo a las puertas de la ciudad y, según la leyenda, precisamente en ese lugar construyó una basílica para albergar los restos de los Reyes Magos.
Los huesos permanecieron allí durante más de siete siglos, hasta que el emperador Federico I, conocido como Barbarroja, sitió Milán en 1162. A su lado estaba el arzobispo de Colonia, Rainald von Dassel, que no solo era un hombre de la Iglesia, sino también canciller imperial y líder militar de Barbarroja. Cuando la ciudad italiana finalmente cayó, pidió los restos del trío como botín de guerra. Parece ser que el arzobispo pretendía dar prestigio a Colonia, alojando a los restos de tan importantes personajes de los tiempos bíblicos, que tenían un valor inestimable para los peregrinos.
Ninguna de las historias sobre cómo Helena o el obispo Eustorgius llegaron a poseer las reliquias fue documentada oficialmente, como tampoco lo fueron las precauciones del arzobispo para proteger los restos en su viaje a Colonia. En cualquier caso, las preciosas reliquias acabaron en la catedral románica de Colonia. Philipp von Hochstaden, sucesor de von Dassel, fallecido en la campaña en 1167, encargó un santuario dorado. Fue realizado por uno de los orfebres más artísticos de la Edad Media, Nicolás de Verdún. Así, en 1248, los habitantes de Colonia comenzaron a construir una iglesia nueva y más adecuada. Su finalización tardó la impresionante cantidad de 632 años, y la nueva catedral no se terminó hasta 1880.
